El derecho a tener derechos

Por: Juan Pablo Albán*

@JuanPablo_Alban

Por estos días las redes sociales están inundadas de mensajes convocando a una movilización este sábado 14 de octubre de 2017 en distintas ciudades del país, para defender “valores tradicionales” que estarían bajo grave amenaza.  Hasta ahí todo bien, la Constitución ecuatoriana garantiza a todas las personas “[e]l derecho a asociarse, reunirse y manifestarse en forma libre y voluntaria” y estemos o no de acuerdo con la visión de los organizadores y asistentes a estas marchas, hay que defender hasta las últimas consecuencias su derecho a expresarse libremente.  Lo problemático es la estrategia de difusión/captación que los convocantes de tales movilizaciones han adoptado, pues el límite más obvio al ejercicio de los derechos propios son los derechos ajenos, y si para reclamar respeto a los derechos propios mentimos, estigmatizamos y negamos los derechos de otros, es porque o bien no nos asiste la razón en lo que reclamamos o porque nos resistimos a aceptar que el otro tenga derechos, negamos que sea nuestro igual y su pertenencia a la familia humana, es decir, lo discriminamos.

Sus planteamientos no están llenos de fervor religioso y valores, están llenos de odio y miedo a quienes consideran diferentes o más bien inferiores.

Lo que afirmo en el párrafo anterior a algunos les parecerá exagerado, infundado y hasta ofensivo, tomando en cuenta que los principales promotores de las marchas de este sábado son organizaciones y personas vinculadas a la iglesia católica, la de mayor influencia en nuestro país como en casi toda la región, cuyos objetivos abarcan, se supone, la promoción del amor al prójimo, la tolerancia, la compasión y la igualdad.  Sin embargo, objetivamente hablando, los “curas y monjas de todos” vienen comportándose desde hace varios días como fundamentalistas -esos que según define la Real Academia de la Lengua exigen de manera intransigente el sometimiento a una doctrina o práctica establecida- y han convertido en blanco de un discurso estigmatizante y muy poco cristiano a quienes tienen una identidad de género y/o una orientación sexual diversa.  Sus planteamientos no están llenos de fervor religioso y valores, están llenos de odio y miedo a quienes consideran diferentes o más bien inferiores.  Basta ver las publicaciones del sacerdote César Piechestein en Twitter haciendo burla de una persona disfrazada, o los de sus seguidores instándonos a quienes hemos cuestionado estas actitudes a “meter[nos] un tren bala japonés donde no [nos] dé el sol”.

¿Por qué tanto apasionamiento?, porque la Presidencia remitió el 24 de agosto de 2017 al Legislativo un  proyecto de ley que busca erradicar la violencia de género contra las mujeres -ya era hora-.  Para cumplir tal cometido el proyecto plantea la necesidad, como mecanismo de prevención de la violencia basada en el género, de incorporar el enfoque de género en los procesos educativos.  Esto ha sido mal entendido por muchas personas como la relajación moral absoluta y la promoción del libertinaje sexual desde las más tiernas edades, para que nuestra sociedad se convierta en una suerte de versión contemporánea de la Roma de Calígula.

A estas erradas apreciaciones, los preocupados ciudadanos que marcharán el sábado no llegaron solos, de hecho, la casi totalidad de los hoy indignados no conoce el proyecto, su naturaleza, contenido y alcance. Han confiado en lo expresado por un Frente Nacional para la Defensa de la Familia cuyas figuras más notables son líderes de opinión del ámbito religioso, que sin informarse de manera suficiente han concluido que el fin último del proyecto de ley es implantar en el Ecuador la “ideología de género”, que según afirman, es una aberrante doctrina impulsada por las “feminazis” y los “maricas” para conseguir la implantación de una filosofía hedonista.

Lo cierto es que en todo el articulado del proyecto de ley no aparece ni una sola vez la expresión “ideología de género”, si aparecen en cambio las expresiones “perspectiva de género” (artículo 7 numeral 13) y “enfoque de género” (artículo 19 numeral 2), que son términos de contenido técnico jurídico que se refieren a

[…] una estrategia destinada a hacer que las preocupaciones y experiencias de las mujeres, así como de los hombres, sean un elemento integrante de la elaboración, la aplicación, la supervisión y la evaluación de las políticas y los programas en todas las esferas políticas, económicas y sociales, a fin de que las mujeres y los hombres se beneficien por igual y se impida que se perpetúe la desigualdad. El objetivo final es lograr la igualdad [sustantiva] entre los géneros (Conclusiones Acordadas del Consejo Económico y Social de la Organización de las Naciones Unidas 1997/2, documento A/52/3/Rev.1, página 24).

La entidad de las Naciones Unidas encargada de promover la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres y las niñas, ONUMUJERES, señala que “[…] la igualdad de género es el objetivo de desarrollo general y a largo plazo, mientras que la incorporación de una perspectiva de género es un conjunto de enfoques específicos y estratégicos así como procesos técnicos e institucionales que se adoptan para alcanzar este objetivo” *1

Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo al referirse a la cuestión ha expresado que “La transversalización del enfoque de género no consiste en simplemente añadir un ‘componente femenino’ ni un ‘componente de igualdad entre los géneros’ a una actividad existente. Es asimismo algo más que aumentar la participación de las mujeres. Significa incorporar la experiencia, el conocimiento y los intereses de las mujeres y de los hombres para sacar adelante el programa de desarrollo”  *2

Y UNICEF, nada más y nada menos que la agencia de las Naciones Unidas encargada de promover el bienestar y los derechos de la infancia en el mundo, tiene en ejecución un Plan de Acción para la Igualdad de los Géneros, que entre otras cosas, insta a los Estados a “[p]romover servicios de salud adolescente que tengan en cuenta la perspectiva de género” (página 9) y hace hincapié en la importancia de la “[…] la perspectiva de género en los programas de estudios y la pedagogía, y la creación de entornos de aprendizaje seguros y protectores” (página 12).

Satanizar la inclusión del enfoque o perspectiva de género en la malla curricular de los programas de educación formal e informal como medida de prevención de la violencia contra las mujeres, niñas y adolescentes es PERVERSO.  Mentir a la ciudadanía sobre la existencia de supuestos propósitos ocultos en la prevención de la violencia de género a partir de la inclusión del enfoque o perspectiva de género en los procesos educativos es AUN MÁS PERVERSO.  Y aprovechar la ocasión para hacer escarnio público de la comunidad LGTBIQ acusándoles de algo que en nada les atañe es simplemente ATROZ.

No podemos relativizar esta cuestión, no podemos cerrarnos a la erradicación de este problema con fundamento en posturas que ya no son religiosas sino sectarias.  No es justo, no es humano. 

Con mucho respeto a los curas, monjas, rabinos, imanes, bonzos, etc. “de todos”, el problema de la violencia contra las mujeres, niñas y adolescentes en nuestro país es acuciante y debe ser abordado, entre otras medidas, a partir de la educación -desde la más temprana edad- sobre la igualdad de hombres y mujeres y sobre la no imposición de roles sociales empezando por los colores que identifican a cada sexo. Esa educación debe tener en cuenta la perspectiva de las mujeres sobre sus problemas y reflejar sus aspiraciones (el enfoque o perspectiva de género). Sólo en la primera mitad del 2017, según organizaciones muy serias y reconocidas de la sociedad civil, en Ecuador se perpetraron 80 femicidios. Es más según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, en el Ecuador 6,06 de cada 10 mujeres han sido víctimas de alguna forma de violencia basada en el género, y eso sin incluir a las mujeres menores de 15 años.  No podemos relativizar esta cuestión, no podemos cerrarnos a la erradicación de este problema con fundamento en posturas que ya no son religiosas sino sectarias.  No es justo, no es humano.  Nos guste o no, Ecuador en efecto se ha convertido en “el país de la violencia sin límites” (para las mujeres), como reza el titular de un artículo publicado por la Revista Plan V en enero de este año.

La violencia contra las mujeres, niñas y adolescentes tiene su raíz en la discriminación basada en el género, en las normas sociales y los estereotipos de género que son vistos como normales y en consecuencia la perpetúan.  Precisamente por eso, la prevención de esa violencia debe comenzar en las primeras etapas de la vida, a través de una educación de niños y niñas que promueva las relaciones de respeto y la igualdad de género, el empoderamiento de las mujeres, la no sumisión.  Se trata de un momento crucial de la vida de las personas en que los valores de los futuros ciudadanos se están formando.  ¿Quién en su sano juicio puede oponerse a que las mujeres no estén subordinadas a los hombres?

En este sentido UNESCO, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, ha resaltado que “mediante la Declaración de Incheon, los Estados Miembros y toda la comunidad educativa, se comprometieron ‘a apoyar políticas, planes y contextos de aprendizaje en que se tengan en cuenta las cuestiones de género, así como a incorporar estas cuestiones en la formación de docentes, los planes y programas de estudios, y a eliminar la discriminación y la violencia por motivos de género en las escuelas” *3 , y ha recomendado “[…] que los sistemas educativos actúen de manera explícita con miras a erradicar los prejuicios de género y la discriminación” (énfasis añadido).

Por su parte, ONUMUJERES en conjunto con la Asociación Mundial de las Guías Scouts ha desarrollado el programaVoces contra la violencia”, “[…] un programa mixto diseñado para distintos grupos de edad que abarcan desde los 5 hasta los 25 años de edad. Brinda a las personas jóvenes herramientas y experiencia para entender las causas profundas de la violencia en sus comunidades, educar e implicar a sus iguales y a las comunidades para prevenir esta clase de violencia, y saber adónde acudir en busca de ayuda en caso de sufrir violencia” (énfasis añadido).

Ahora bien, lo que al parecer subyace a estas reivindicaciones de los marchantes del 14 de octubre y su forma de plantearlas es bastante más complejo y profundamente contradictorio.  El propio Sacerdote Piechestein ha sido muy explícito en afirmar que no está en contra de la igualdad de hombres y mujeres ni del proyecto de ley, sino de algunos de sus artículos.  También ha sido muy verbal en señalar que el derecho que se encontraría en riesgo, de aprobarse el proyecto, sería no uno de los niños sino el de los padres para elegir el tipo de educación que sus hijos deben recibir, lo que sin duda puede ser discutido.  Pero al tiempo, ni él ni sus seguidores han tenido reparos en descalificar y ridiculizar la identidad y orientación sexual diversa, de hecho, fue el Frente que el representa el que introdujo el tema de la identidad sexo-genérica en un contexto que nada, absolutamente nada tiene que ver con esto, la erradicación de la violencia contra las mujeres.  Los mensajes han usado como palanca las supuestas consecuencias negativas de la despenalización del microtráfico de estupefacientes (que luego fue objeto de una contra reforma legislativa al más puro estilo Correa -gritos y ordenes mediante-) para afirmar que una vez más avanzamos hacia el caos moral.  Yo me pregunto, antes de escribir ese tipo de mensaje, ¿se habrá reflexionado sobre las consecuencias nefastas que la contra reforma tuvo en cuanto a la criminalización de la pobreza y el encarcelamiento de personas, padres y madres, que precisamente por su situación de precariedad se vieron obligados a micro traficar mientras la sociedad (iglesia incluida) los miraba con desdén?, supongo que no.

…Por lo demás, observo con mucha preocupación que en nuestro país hay una serie de problemas muy graves que afectan de manera notable a los niños, niñas y adolescentes, frente a los cuales no he sabido ni de marchas organizadas por la iglesia católica…

La Filósofa alemana Hannah Arendt varias veces propuso la idea de un derecho a tener derechos.  Esta teoría está notablemente desarrollada en su obra “Los orígenes del totalitarismo”, pero ya en un ensayo de 1949, desde el título –Es gibt ein einziges Menschenrecht (Sólo hay un derecho humano)- Arendt proponía que mientras los derechos humanos en general cambian en función de las circunstancias históricas y de otra naturaleza, el presupuesto indispensable y necesario para que podamos disfrutar y ejercer tales derechos es también un derecho en sí mismo, el de ser reconocido como miembro de la comunidad (llámese sociedad, nación o como sea), pues sólo dentro de los confines de la comunidad es donde la vida, la integridad, la libertad, la IGUALDAD, etc., pueden realizarse.  El imperativo moral bajo el planteamiento de Arendt sería entonces tratar a todas las personas, con independencia de sus condiciones personales (identidad y orientación sexuales inclusive) como miembros de la familia humana, reconocernos en ellos, aceptar que son humanos como nosotros, no discriminarles ni suponerles inferiores.  No obstante, con asombro vemos como la solidaridad, la generosidad y la compasión van cediendo terreno a la indolencia.  Es como si la sociedad ecuatoriana -y mundial- considerara que hay personas “más humanas” que otras.  Esas, las otras, los parias, los desechables, aparentemente no han alcanzado el más elemental de los derechos, tener derechos.  El tono y la actitud de los convocantes a la marcha de este sábado es sólo una entre muchas demostraciones de lo que acabo de afirmar.

La marcha, que reitero, compartamos o no las visiones de sus participantes, puede y debe realizarse porque vivimos en democracia, también tiene que llevarnos a reflexionar sobre lo más básico, la noción de sujeto de derechos, el reconocimiento de la condición de persona y por ende titular de tales derechos, lo que en efecto es un derecho en sí (véase por ejemplo los artículos 1 y 6 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y el artículo 3 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos).

Por lo demás, observo con mucha preocupación que en nuestro país hay una serie de problemas muy graves que afectan de manera notable a los niños, niñas y adolescentes, frente a los cuales no he sabido ni de marchas organizadas por la iglesia católica, ni de lobby político de la misma iglesia para influir positivamente en el diseño de legislación o en la adopción de políticas públicas a fin de superarlos.  Sólo por mencionar algunos:

En estas condiciones, una marcha contra el “lobby gay” parece por lo menos un despropósito, habiendo tantas cosas importantes por las cuales reclamar y en las que apoyar.

Tras estas reflexiones yo pregunto, ¿quién determina lo que es moral y lo que no?, no estoy muy seguro de que deba ser la iglesia católica, sobre todo si aún tiene trapos sucios que lavar en casa en lo que a derechos de los niños, niñas y adolescentes se refiere.  En este sentido son ilustrativas las observaciones del Comité de Derechos del Niño y del Comité contra la Tortura, ambos de Naciones Unidas, realizadas a la Santa Sede.

Tampoco creo que se trata de lo que piense la mayoría, como me han señalado con gran “dulzura” varios tuiteros y tuiteras de bien.  Es muy claro que democracia no significa la opresión de unos pocos por los que hacen más bulto, sino la toma en consideración de los problemas y propuestas de soluciones de todos los que integran la sociedad, minorías, especialmente minorías, incluidas, es decir, la democracia debe ser inclusiva, no excluyente.  El argumento de “mayoría gana e impone” que tanto escuchamos y desgastó un obscuro personaje los pasados 10 años, para problemas como la desigualdad estructural y la discriminación que aún imperan en el Ecuador, simplemente no funciona.

Más importante todavía, ¿será que un ministro de culto, de la religión que fuere, puede determinar quién tiene o no tiene dignidad?, por ende, ¿quién pertenece a la comunidad que llamamos sociedad ecuatoriana y tiene derecho a tener derechos?, yo pienso que la respuesta única, obvia y natural es un radical no.

…Quiero que mi hija sea educada con valores: la tolerancia a los demás, aunque sean diferentes…

Mi hija, de 10 años, al escuchar en la mesa familiar sobre las posturas intransigentes y sectarias de los que promueven la marcha del sábado, quedó asombrada, pero sobre todo indignada cuando su madre y yo le explicamos que la protesta es por la inclusión de la perspectiva de género en una ley para erradicar la violencia contra las mujeres en nuestro país, una medida cuyo propósito es protegerla a ella y a las mujeres de su generación y de las venideras, de un fenómeno detestable y tan naturalizado en nuestra sociedad machista: La consideración de la mujer como ciudadana de segunda, como objeto no sujeto, sin derecho a tener derechos.

He tenido la fortuna de integrar los equipos de defensa de familias valientes, golpeadas brutalmente por la violencia machista, la de la joven Vanessa Landínez, la de la niña Valentina Cosíos, y otras.  También tuve el privilegio de litigar en nombre de la CIDH casos ante la Corte Interamericana por violación de los derechos de las mujeres.  Soy hijo, esposo, hermano, padre, amigo, maestro de maravillosas mujeres. Por eso tengo claro sin ser “el abogado de todos” que no hay justificación que valga para oponerse a la erradicación de la violencia contra ellas y en consecuencia a la inclusión del enfoque/perspectiva de género en los procesos educativos.

Claro que quiero que mi hija sea educada con valores: la tolerancia a los demás, aunque sean diferentes; la empatía con todos comparta o no sus visiones; la solidaridad con los más necesitados no sólo en lo material sino en lo afectivo; la compasión por los oprimidos; la frontalidad en la defensa de sus derechos. Quiero que mi hija no sea insultada o golpeada por su enamorado/a, esposo/a; que no sea violada o asesinada por un sujeto que nunca aprendió en la escuela a no discriminar; que no sea subyugada a cumplir solo el rol de madre y cocinera en casa a menos que ella lo quiera y decida; que no tenga reparos en plantarle la cara a cualquiera que ose decirle que no tiene derecho a una vida libre de violencia por el simple hecho de ser mujer o lesbiana o lo que quiera ser, consciente que su identidad y orientación sexual resulta intrascendente pues ya es un ser excepcional, es un ser humano.

No pretendo que nadie comparta mi punto de vista sobre este tema, pero me encantaría que seamos un poco más consecuentes y practiquemos en nuestra vida los valores que pregonamos, empezando por el amor al prójimo, pues caso contrario la igualdad de derechos y la no discriminación se vuelven como el reino de los cielos, sabemos que llegarán, pero no sabemos cuándo.

Por todo esto, tengo que decirle al Sacerdote Piechestein y sus discípulos, ¡Con mi hija no te metas!

*Profesor de la USFQ y Defensor de Derechos Humanos.

*1 (http://www.unwomen.org/es/how-we-work/un-system-coordination/gender-mainstreaming).

*2 (http://www.ilo.org/public/spanish/bureau/gender/newsite2002/about/defin.htm).

*3 (http://es.unesco.org/news/eliminar-violencia-genero-que-funcion-desempena-educacion)

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Kinoraxx

Comunicadora Popular. Escribo sobre feminismo, conflictos socioambientales, tecnología libre, política

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